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Domingo, 16 de agosto, a las 11:00h. – Culto de alabanza y comunión.
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Domingo, 5 de julio, a las 11:00h. – Culto de alabanza y comunión. Nos visitó un grupo de chicas de Chicago. Nuestro pastor Benjamí recordó el terrible momento que estaba viviendo Venezuela por los dos terremotos que sufrió el miércoles 24 de junio. Dos hermanas de nuestra iglesia tienen vínculos con aquel país. El pastor leyó el Salmo 46, que nos dice que el Señor está en medio de nosotros aunque la tierra sea removida. Después hubo un par de oraciones por Venezuela, sus habitantes y los venezolanos en el exterior.
Después de la Santa Cena, nuestra hermana Esther García nos recitó la poesía «Los tres escalones». Y a continuación, el pastor Daniel Zoppetti tuvo la predicación de la Palabra, siguiendo el estudio de Levítico. Este domingo fue sobre los capítulos 4-6, que se refieren a la expiación por el pecado y la expiación por la culpa. Son dos tipos de ofrendas que implican sacrificios. La expiación por el pecado buscaba el perdón de Dios; la expiación por la culpa era el deseo de enmienda, el deseo de quitar la culpa que el pecado produce en el ser humano.
La palabra «expiación» tiene el significado de ‘pagar o reparar’, la enmienda, el cumplimiento mediante la realización de un sacrificio. Ambos sacrificios reflejan una profunda preocupación por el pecado y por la impureza que produce. El capítulo 4 de Levítico señala algo muy importante (vv. 3, 13, 15, 22, 27): que hay que tomarse muy en serio el pecado.
¿Por qué? Porque el pecado es un ataque personal contra Dios. Es como un rechazo de su gracia y de su voluntad amorosa.
¿Por qué? Porque el pecado nos aleja de Dios, nos separa de él. Dios no admite ningún tipo de pecado por pequeño que sea, porque el pecado produce contaminación en su pueblo. El pecado produce contaminación en la Iglesia de Cristo hoy en día, y entonces perdemos la comunión con el Señor. Por eso, es esencial que haya una forma de restauración de la relación con Dios. Y si pecamos, debemos procurar la restauración para que se pueda reparar el daño y así podamos restaurar nuevamente nuestra relación con Dios.
En el Levítico ese tipo de ofrenda o sacrificio era un remedio provisto por Dios mismo. Una gracia o favor hacia el pecador, a pesar de que Dios era el agraviado. Al leer el pasaje (Levítico, capítulos 4-6), encontramos los detalles de cómo debían ser esas ofrendas o sacrificios que se requerían, con alguna variación dependiendo de la posición económica de la persona que había pecado. Pero todo estaba ordenado para que nadie pudiera quedar excluido de poder obtener el perdón de sus pecados.
Se especifican 4 niveles de personas que podían ofrendar:
- El sumo sacerdote ungido por Dios.
- La congregación en general. Entonces el pecado afectaba a todo el pueblo.
- Un jefe del pueblo. Dentro de la organización del pueblo había jefes y, si uno de ellos pecaba, afectaba a su entorno.
- Un individuo, una persona en particular.
La ofrenda había que presentarla cuando alguien pecaba haciendo algo que no era conforme a lo que el Señor había establecido. Pero para eso, el pecador debía ser consciente de las implicaciones de su yerro, de la importancia que el pecado conlleva. No hay que quitarle importancia. A veces es fácil advertir a los demás para que pidan perdón, pero no lo aplicamos a nosotros mismos.
Todas estas ofrendas establecidas por Dios para su pueblo, más adelante quedan reunidas en el capítulo 16 de Levítico, donde Dios da ordenanzas para celebrar el Día de la expiación, que era un día especial donde todo el pueblo debía involucrarse. También nosotros como iglesia tenemos un día a la semana en el que podemos celebrar la comunión, recordando mediante el pan y el vino la expiación de nuestros pecados gracias al sacrificio del Señor Jesucristo en la cruz.
El pecado es una consecuencia de la desobediencia y es una ofensa que se comete contra Dios como resultado de la debilidad y la fragilidad humanas. El Señor Jesús, que lo sabe, dijo a sus discípulos: «Velad y orad para que no entréis en tentación» (Mt. 26:41).
Así que el pecado tiene sus consecuencias y debe ser reparado. Conocido o no el pecado, la culpa es una condición que debe ser expiada aunque el pecador no se sienta culpable. ¿Y cómo saber si hemos pecado? Leyendo y escudriñando las Escrituras y siendo bien guiados por las personas que el Señor ha puesto para guiar a su pueblo. Hemos de tomar conciencia del pecado; el pecado está con nosotros. Ya Dios advirtió a Caín: «El pecado está a la puerta» (Gén. 4:7). Hemos de enfrentarnos a él y tener el deseo de no caer en él. Y si caemos, tener el deseo de la expiación, en nuestro caso sería la ofrenda perfecta que es Jesucristo.
En la expiación se debían tener en cuenta 3 cosas muy importantes:
1 – El santuario de Dios en medio del pueblo. Nuestro santuario es Dios viviendo en medio de nosotros. Jesucristo es Emanuel, Dios con nosotros. Y el Espíritu Santo es el que ahora está con nosotros.
2 – La adoración de la congregación. La congregación debe tener un único motivo de adoración, que es Jesucristo.
3 – La conciencia individual. Es la que nos dirá si estamos en paz con Dios o no.
Domingo, 12 de julio, a las 11:00h. – Culto de alabanza y comunión. Se leyeron dos cánticos por la resurrección de Jesús que aparecen en la Biblia: 1ª Pedro 1:3-5 (leído por el pastor Benjamí) y Efesios 1:3-14 (leído por el pastor Daniel Zoppetti en la Santa Cena).
Y para la predicación tuvimos la visita del Dr. Manel Esteban, de la Iglesia de Reus, que vino acompañado por su esposa Lidia y dos de sus hijas. Nos ofreció un mensaje titulado «Los dilemas del mal», centrado en el pasaje de Mateo 4:1-11 que relata las tentaciones de Satanás a Jesús en el desierto. El episodio sucede estando Jesús solo, pero conocemos el relato porque él lo explicó, pues era de suma importancia para los creyentes. ¿Por qué? Para recordarnos varias cuestiones:
- Que el mal existe.
- Que el tentador es un ser real.
- Que es importante que conozcamos la estrategia que él usa.
- Que Jesús sabe que el diablo nos tienta, y lo entiende.
- Que Jesús entiende lo que significan los ataques del diablo, porque él ya los pasó.
- Por eso, si acudimos a él, Jesús está dispuesto a ayudarnos.
El contexto del pasaje es muy interesante:
- El desierto. En Judea, hacia el sur, existe un desierto que se llama Yeshimon, palabra que significa ‘devastación’, y eso ya lo dice todo. Los desiertos en aquella zona son más bien de piedras, con poca arena y algún arbusto. Y así hasta llegar a una zona de precipicio que lleva al mar Muerto, con una caída de 400 a 700 metros.
- Llevado por el Espíritu Santo. No sabemos cómo. La intención era, dice RVR, «para ser tentado»; en otras versiones dice, y es mejor, «para ser probado». El apóstol Santiago aclara que Dios no tienta, porque la tentación es para que seas destruido; la prueba es para que seas fortalecido. De hecho, la palabra original lo aclara: «peirazein». Si tenemos alguna duda, el texto nos aclara que hubo un momento en el que Jesús tuvo hambre, después de 40 días y 40 noches sin comer. Y sabemos que en la Palabra, el número 40 simboliza la prueba. Aunque una persona puede llegar a vivir sin comer hasta 60 días, por extraño que parezca (lo sabemos por Gandhi). Eso sí, sólo puede estar sin beber 3 días.
- ¿Por qué allí, por qué así y por qué en ese momento? Durante el bautismo de Jesús, el Padre lo ratifica de manera formal y pública. Pero ahora tenía que estar solo para poder pensar y decidir cosas importantes. Ciertas cosas solamente pueden resolverse estando solo. Eso sí, cuando estamos solos, como creyentes, estamos a solas con Dios. Deberíamos invocarle para que esa soledad no excluya su presencia. De todas maneras, aunque no se lo pidamos, Dios siempre está a nuestro lado. Y ésa es una bendición que no tenemos suficientemente en cuenta.
Algunas lecciones para la vida sobre las tentaciones:
1º) Las tentaciones siguieron inmediatamente al bautismo. Esto fue así porque el marco perfecto para la tentación es: o cuando nos sentimos más fuertes espiritualmente, o en el momento en que nos sentimos más exhaustos y más frágiles espiritualmente.
2º) La lucha tiene lugar siempre en nuestra propia mente y en nuestro corazón. Y tiene que ver con nuestras necesidades y/o con nuestros deseos más íntimos. Las tentaciones sufridas son personalizadas.
3º) Una y otra vez somos atacados por medio de nuestros dones, para ver si los usamos en nuestro propio beneficio o no. A veces no pensamos en el compromiso de utilidad que tenemos con los demás de parte del Señor en el lugar donde él nos haya puesto.
4º) Las tentaciones duran a lo largo de toda nuestra misión y de nuestra vida. Por ejemplo, con Jesús, en el desierto, luego cuando Pedro le pide que no muera, después en Getsemaní hasta el último momento, cuando se vio con Herodes, y hasta en la cruz. La tentación está presente hasta el último suspiro de nuestra vida. Y nunca tendremos suficiente madurez espiritual como para que no se nos presente.
5º) Lucas añade una cosa en el texto. Viene a decir: «Cuando el diablo hubo probado con Jesús todas sus artes, le dejó hasta que se presentara otra ocasión». Eso quiere decir que la tentación no tiene por qué ser en una sola dirección; puede haber diferentes oportunidades y opciones.
Veamos las 3 tentaciones del pasaje:
- Convertir las piedras en pan. El problema está en: «Si eres el hijo de Dios…». También nos lo dice a nosotros: ¿Estás seguro que eres creyente de verdad? ¿Estás seguro de que eres salvo por la gracia de Dios? Jesús le contestó citando la Palabra (Deut. 8:3). El ser humano nunca encontrará la vida poniendo su corazón o su fe en los sentimientos o en cosas materiales. Lo que dice la cita de Jesús es que debemos aprender a depender totalmente de Dios, pase lo que pase.
- Saltar desde el pináculo del templo. Si Jesús lo hubiera hecho, y hubieran aparecido los ángeles, hubiera quedado clara la identidad de Jesús como Hijo de Dios y Mesías. Pero la obra de la salvación no se hubiera realizado. Jesús contestó al diablo: «No tentarás (la idea original era: No provocarás) al Señor tu Dios». No sometas a Dios a prueba. Preguntar ¿Es Dios real o no es real? es como decirle a Dios: «Tienes la obligación de mostrarte, de contestar como yo quiero». Es como un chantaje.
- Poseer todos los reinos de este mundo. El diablo le mostró a Jesús el mundo que había venido a salvar. Dios había dicho a Jesús: «Pídeme y te daré las naciones y toda la tierra» (Sal. 2:8). Pero la manera que decía Dios era diferente a la que proponía el diablo. El diablo quería que Jesús se le sometiera, que le obedeciera ciegamente (eso es adorar). El diablo le proponía pactar, ceder, no ser tan estricto, tan categórico. Un ejemplo de pacto lo tenemos en la reunión del Sanedrín que leemos en Juan 11:49-50. Allí el sumo sacerdote propuso pactar el asesinato de Jesús, porque era necesario que un hombre muriera para que todos se salven. En el fondo, lo que decía era verdad, pero no para que sólo los judíos se salvaran.
Como conclusión, el doctor Esteban nos exhortó a no amoldarnos al mundo ni a su forma, ni a actuar por nuestra cuenta, porque eso le costó a Moisés no ver la tierra prometida y al rey Saúl le costó su reino. Debemos hacer las cosas a la manera de Dios.
Domingo, 19 de julio, a las 11:00h. – Culto de alabanza y comunión. Para la Santa Cena, nuestro pastor Bemjamí leyó Colosenses 1:15-20, que nos habla de Jesucristo como imagen del Dios invisible. Él reúne los dos aspectos que encontramos en la comunión: 1) Jesús es el Señor, Creador y Salvador, y 2) él es la cabeza de la Iglesia y quien le da sentido. La paz de los creyentes viene gracias a la salvación, porque hemos sido reconciliados con Dios por medio de la cruz.
Para la predicación tuvimos la visita de José Altimira, que vino acompañado por su esposa Dámaris, ambos directores del ministerio de APEEN. Después de un breve informe sobre los campamentos para niños y adolescentes que se han hecho y se esperan hacer este verano, nuestro hermano nos habló sobre algunas características de un personaje bíblico poco conocido: Tíquico. De él tenemos poca información, sólo 5 versículos lo nombran. Sabemos que era amigo íntimo de Pablo, que lo acompañó en su tercer viaje misionero y que el apóstol lo envió a diferentes lugares. Pero por referencias de Pablo sabemos cuáles eran sus cualidades:
- Un amado hermano: Pablo solía enfatizar las cualidades de sus colaboradores.
- Un fiel ministro: Era un siervo fiel. No sólo llevaba una vida cristiana, sino dedicada al servicio.
- Un consiervo: Pablo nunca trabajaba solo, siempre estaba acompañado por alguien. En el servicio cristiano es necesario colaborar, compartir unos con otros.
- Podía confortar a los demás: Tíquico podía comportarse como un pastor.
El ejemplo de Tíquico nos muestra que no hace falta ser supercreyentes, sino tener las cualidades que él tenía.
Domingo, 26 de julio, a las 11:00h. – Culto de alabanza y comunión. El pastor Benjamí López nos anunció que la iglesia había comprado un nuevo piano y que se estrenaba ese domingo. En la Santa Cena el pastor Daniel Zoppetti leyó y comentó el pasaje de Colosenses 3:12-14, que nos dice que debemos hacer morir lo que haya de terrenal y mundano en nosotros (Colosenses 3:5), y nos exhorta: «Vestíos como escogidos de Dios…». Jesús ha limpiado nuestras vestiduras; ahora debemos vestir nuevas prendas, que son:
- Somos escogidos de Dios: Es Dios mismo, quien nos formó, quien nos ha escogido para proclamar su gloria, como debía hacer Israel en el Antiguo Testamento.
- Somos santos: No para vivir un falso pietismo, sino apartados por Dios para formar parte de su Iglesia.
- Somos amados: Aunque vivíamos en un estado pecaminoso, Jesús es el único que ha podido liberarnos de esa vestidura vieja. El manto de justicia que es su sangre es lo que puede cubrir nuestros pecados.
- De entrañable misericordia: Dios la ha mostrado hacia nosotros, y no se acabará mientras vivamos aquí.
- La benignidad: Ser bondadosos, buenos y compasivos. No parecerlo, sino serlo.
- La humildad: Que cada uno no tenga «más alto concepto de sí que el que debe tener…» (Romanos 12:3). Jesús es nuestro ejemplo de humildad.
- La mansedumbre: También en esto tenemos el ejemplo de Jesús.
- La paciencia: La capacidad de padecer o soportar algo sin alterarnos. La paciencia se debe dar cuando pasemos por pruebas, porque la prueba nos lleva a la esperanza.
- El amor: Es la última prenda y la más importante; es la que abarca a todas las demás. Debemos amarnos unos a otros como Jesús nos ha amado.
Conclusión: Aunque suframos las circunstancias de esta vida, no debemos dejar de creer en las promesas de Dios, porque al final Dios va a intervenir en favor de su pueblo. Debemos aferrarnos a él y confiar en su poder y su fidelidad.
La predicación de este domingo estuvo a cargo de nuestro hermano Daniel López, que le puso por título «La casa del Padre», para hablarnos sobre la Jerusalén celestial. El Salmo 23 dice: «…en la casa de Jehová moraré por largos días…» y en Juan 14:1-3, «En la casa de mi Padre muchas moradas hay… Voy a preparar lugar para vosotros…». Normalmente, a la morada de Dios la llamamos «el cielo». Pero, ¿qué es el cielo? Mt. 6:9-10 nos dice que es donde está el Padre y donde se hace la voluntad del Padre. Y en varios salmos se dice que es donde el Señor reina.
En Hebreos 11:8-10 dice que Abraham «esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» y en los vv. 13-16 nos dice que los padres de la fe tenían la mirada puesta más allá de la tierra prometida; ellos esperaban la gran promesa que habían recibido: la ciudad con fundamentos, diseñada y construida por Dios, una patria excepcional. En Hebreos 12:18 se refiere al Sinaí. En Hebreos 12:22 era el centro neurálgico de Jerusalén. En esa ciudad celestial de descanso absoluto vive Dios.
En Apocalipsis 21:10 y ss. Juan nos describe cómo es esa ciudad, basándose en la Jerusalén terrenal; nos presenta sus características morales y sus características físicas.
Características morales:
- Hay comunión entre los escogidos y Dios (v. 3).
- No hay tristeza ni dolor, ni motivos para llorar (v. 4).
- Todo es nuevo; Dios hace nuevas todas las cosas (v. 5).
- No hay necesidades porque Dios las suple (v. 6).
- Sólo Dios puede diseñar y construir una ciudad así.
Características físicas:
- Tiene la gloria de Dios; la única gloria la tiene Dios (v. 10).
- Hay 3 cosas: muro, cimientos y puertas. Tiene 12.000 estadios (unos 2.200 km) por cada lado, con forma de cubo. Usa el número 12 porque en la Biblia es símbolo de los escogidos. Es una ciudad suficientemente grande para que quepamos todos los escogidos.
- Es una ciudad santa. Tiene un muro de 144 codos (12 x 12), unos 72 metros. Si comparamos la ciudad y el muro, el muro parece ridículo. Pero es porque el muro no es para defender, sino para delimitar la ciudad; quien la defiende es Dios.
- Los cimientos están adornados con piedras preciosas, pero están bajo tierra y no se ven, porque la gloria de Dios es mejor que estas piedras.
- Las 12 puertas eran perlas.
- Sus puertas no se cierran nunca (v. 25); hay plena libertad para entrar.
Quien quiera ir a esa ciudad tiene que estar inscrito en el libro de la vida (v. 27). ¿Qué hay que hacer para estar inscrito? Hay que lavar las ropas en la sangre del Cordero (Apoc. 22:14). «Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo…» (Isaías 1:16-20).
Domingo, 2 de agosto, a las 11:00h. – Culto de alabanza y comunión. El pastor Daniel Zoppetti ministró la Santa Cena con una breve lectura en Lamentaciones 3:22-24, resaltando el v. 24, que dice: «Mi porción es el Señor…». El profeta Jeremías fue elegido desde joven para predicar a Judá. Pero a pesar de fracasar al llevar el mensaje, a pesar de no encontrar una respuesta positiva, ¿qué le mantuvo firme hasta el final sin caer en la desesperación? Pues que recordó los atributos del Señor; Jeremías se aferró a la fidelidad, la misericordia y el amor de Dios. Y también recordó que el Señor tenía un propósito para su pueblo. Esto nos enseña que tenemos que esperar a que el Señor obre, porque tarde o temprano lo hará. Hermanos, ¡que nuestra esperanza esté fundada siempre en el amor de Dios! Y la Cena del Señor nos hace recordar la muerte de nuestro Señor Jesucristo, que es lo que nos da la verdadera esperanza: «Haced esto hasta que yo vuelva».
Después, nuestro hermano Pau López tuvo la predicación sobre las dos «parábolas del Reino» que encontramos en Mateo 13:44-46. En su ministerio, Jesús fue desvelando progresivamente algunos detalles acerca del Reino. Algunos de estos detalles se encuentran en las parábolas, que eran historias cotidianas cortas, cada una centrada en algún aspecto del Reino. Las parábolas no son alegorías; en éstas cada elemento tiene un significado. En las parábolas no. Pero estos detalles que encontramos en las parábolas deben ir en sintonía con el resto del texto bíblico.
En el pasaje clave encontramos: 1) la Parábola del tesoro escondido y 2) la Parábola de la perla de gran valor.
1) En aquel tiempo no había bancos como los de ahora y las personas que tenían cosas de valor estaban expuestos a los robos. Por eso era normal guardar, esconder esas cosas de valor. Por otro lado, si alguien encontraba algo de valor en un terreno, esto le pertenecía al dueño de la tierra.
2) Un hombre que buscaba perlas encuentra una que es mejor que las otras que tiene.
Las dos historias se parecen, pero existe una diferencia: en la 1) es un encuentro por casualidad; en la 2) el hombre buscaba lo que encontró. En el Reino pasa igual: unos llegan a él «por casualidad» y otros llegan después de buscar a Dios durante mucho tiempo.
A partir de estas parábolas, nuestro hermano Pau extrajo 4 ideas principales acerca del Reino de Dios:
- El valor del Reino: El Reino tiene un valor inmenso, incalculable; vale más que todo lo demás. Hay que tener en cuenta que precio y valor son dos conceptos distintos. Precio es el dinero que pagas por algo; el valor depende de la utilidad, la importancia, el provecho y otros factores. Los dos protagonistas comprendieron el valor de lo que tenían. Pero no todos valoran el Reino; lo vemos en Mateo 19 con el joven rico que se encontró con Jesús (el Rey del Reino), y no lo valoró. Lo tuvo cerca, pero no consiguió el tesoro. Filipenses 3:7-9 nos dice que lo que era ganancia para Pablo, él lo consideraba como pérdida.
- El Reino lo demanda todo, lo exige todo: Para empezar, hay que dejar claro que la salvación no se puede comprar. Las parábolas hablan del valor del Reino, no de que se pueda comprar; se adquiere por fe. El Reino ya ha sido comprado por Jesucristo con su sangre. Por eso, no podemos vivir como vivíamos antes. La gracia de Dios es un regalo. Si has encontrado el Reino, te tienes que entregar a él y darlo todo por él. Después de la «pesca milagrosa», Pedro, Juan y Santiago «dejándolo todo, le siguieron». El Reino de los cielos es incompatible con otros reinos; no hay «doble nacionalidad».
- El gozo del Reino: El Reino lo satisface todo, todos los ámbitos de la vida. En la Parábola del tesoro escondido dice: «el hombre, gozoso por ello…». Es la satisfacción de haber encontrado al Rey Jesús. Este gozo llena la ausencia de lo que se deja atrás. Nosotros somos ciudadanos del Reino y debemos irradiar gozo. ¿Cómo? Centrándonos en Jesucristo y su Palabra. Cuando te centras en el Reino, cuando miras a Cristo, tienes otra perspectiva de las cosas que suceden aquí. Si miras a otro sitio, te despistas. Los que han gustado el Reino, como los discípulos en la transfiguración, no quieren marcharse de él. Y si perteneces al Reino, quieres compartirlo.
- La urgencia del Reino: No hay que dejar pasar el tiempo, no hay que demorar la decisión. Tienes que reflexionar y decidir qué vale el Reino para ti, y si quieres aceptarlo o no. El hombre de la parábola se fue gozoso; el joven rico se fue triste.
Nuestro hermano Pau terminó con unos consejos a modo de conclusión. Debemos revisar nuestra vida y reflexionar si valoramos lo suficiente el Reino. Si no, hay que volver a darle el valor que tiene y renunciar a los demás reinos. ¿Lo llevamos con gozo o con pesar? Cuando tengamos temporadas complicadas, debemos pensar que el Reino lo vale todo.
Domingo, 9 de agosto, a las 11:00h. – Culto de alabanza y comunión. La predicación estuvo a cargo de nuestra hermana Loida, que nos habló de «Cómo debemos actuar con el Rey del Reino de los cielos», lo que consideró continuación de las predicaciones de los dos domingos anteriores, que también trataron sobre el Reino de los cielos.
Basó su mensaje en el salmo de David que encontramos en 1º Crónicas 16:7-36. En ese momento de la Historia el arca de la alianza estaba en Quiriat-jearim (1º Crónicas 13:5) y David quiso llevarla a Jerusalén. Según Éxodo 25, sólo los levitas podían transportar el arca, y hacerlo sobre sus hombros. Pero David no lo hizo así, sino que la llevó en un carro (1º Crónicas 13:7); quiso hacerlo a su modo. Dios le había hecho una promesa a David, pero David no cumplió su parte. Él quiso conseguir la promesa a su manera, y cuando hacemos las cosas a nuestra manera perdemos todo lo que Dios tiene para nosotros. En 1º Crónicas 15:1-15 vemos que la segunda vez sí lo hace bien.
Después de este contexto, Loida centró su predicación en resaltar los verbos en imperativo que aparecen en el pasaje clave y nos hizo reflexionar si es así como adoramos nosotros al Señor.
- ¿Adoramos cada día o sólo los domingos? La verdadera adoración no es sólo un día, sino que debe ser un modo de vida. Cuando las cosas van bien y cuando van mal. Y la paz de Dios guardará nuestros corazones (Filipenses 4:6-7). Algunos salmos son desgarradores y seguro que se escribieron con muchas lágrimas.
- Hablad (v. 9). Pensemos y analicemos las grandes maravillas que Dios ha hecho.
- Buscad (v. 11). Busquemos a Dios con el corazón dispuesto, como dice 2º Crónicas 7:14: «si se humillare mi pueblo…, y oraren…». Y en Daniel 11:32: «…el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará». Pero debemos saber dónde buscar a Dios. Debe ser sólo en su Palabra: «Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley…» (Josué 1:8-9). Y «Buscad el Reino de Dios y su justicia…» (Mateo 6:33).
- Haced memoria (v. 12). Debemos hacer memoria de lo que Dios ha hecho con nosotros. Siempre Dios tiene el control.
- En los versículos 13-22 hay un paréntesis que habla de la fidelidad de Dios en nuestra vida.
- Y siguen los verbos: Cantad…, proclamad… (v. 23-24). ¿Por qué? «Porque grande es Jehová, y digno de suprema alabanza…» (v. 25).
- Debemos adorar a Dios cada día (v. 23).
- Debemos dar a conocer a Dios (v. 8, v. 24).
- Tributad (v. 28). Darle toda la gloria, poder y honra. La doxología de Judas dice: «…gloria y majestad, imperio y potencia…» (Judas 1:25).
- Traed ofrenda (v. 29). No de lo que sobre, sino de lo mejor. Puede que no tengamos dinero, pero sí tiempo, manos… No hay que ser rico, sino generoso de corazón.
- Postraos (v. 29). No siendo fariseos. Salmo 95:6-7 también lo dice: «Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos…».
- Temed (v. 30). Deut. 10:12, Temed a Jehová… Que sea con todos nuestros sentidos. Una entrega para que el Señor obre en nosotros. Reconocer que Dios «es bueno, fortaleza en el día de la angustia» (Nahúm 1:7).
- Y el último verbo del salmo: Decid (v. 35). Que confesemos su nombre.
- Y el salmo acaba: «Bendito sea Jehová…» (v. 36).



